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Las chaquetas con hombreras y el 'power dressing': cronología de una pareja histórica

Por María José Pérez - 18 de mayo de 2023 - moda

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La supremacía de las chaquetas con hombreras pronunciadas en 2023 y 2024 nos invita a reflexionar: ¿por qué (demonios) los hombros anchos siguen siendo sinónimo de poder?

La colección de otoño-invierno 2023 de Saint Laurent fue una de las más aplaudidas de la Semana de la Moda de París. Ahí estaban ellas, mujeres enfudadas en trajes de chaqueta con falda lápiz y chaquetas de hombreras XXL. Una silueta de triángulo invertido que, junto a unos tacones tremebundos, daba la sensación de lo que nos han vendido como mujer empoderada (aunque Vanessa Friedman no estaba de acuerdo). Pero ¿por qué nos sigue pareciendo que una mujer en traje de chaqueta es poderosa? ¿Por qué una mujer en sastrería es más tomada en serio que una con vestido rosa? Hay un motivo. Varios, en realidad. Y la culpa se la podemos echar a los caballeros medievales. En serio.

No es ningún secreto que la relación entre moda y poder es larga y compleja, pero si se echa un vistazo a la historia de la indumentaria y la moda se podrá observar que, en líneas generales, el hilo conductor tiene que ver tanto con la economía (sorpresa: los ricos son los que escriben la historia) y los hombres y los elementos que los han definido históricamente. Así que, empecemos por el principio.

Tenemos que remontarnos hasta los siglos XIII, XIV y XV. Ahí es nada. Pero es entonces cuando aparecen los primeros síntomas de moda y, con ellos, se empieza a diferenciar mucho más la silueta femenina y la masculina; hasta entonces, compartían (casi) las mismas prendas, algo que se puede ver muy bien en Grecia y Roma. Sin embargo, llegaron las Cruzadas (que se dieron del siglo XI al XIII) y, con ellas, el asentamiento de un ideal militar. Con los caballeros hemos topado. 

La necesidad de movilidad tanto en el frente como, sobre todo, a caballo, hicieron que los hombres fuesen abandonando las túnicas para poder separar las piernas, para lo que necesitaban mallas y pantalones. Piernas fuera como símbolo de virilidad (fíjate en lo que ha cambiado la película). Pero al mismo tiempo que la parte inferior se enseña por separado, la parte superior hay que protegerla... y destacarla. Las armaduras tenían que ser resistentes a los ataques al ser una de las zonas más expuestas, y en ese afán por crear capas protectoras, se empieza a añadir volumen al cuerpo, especialmente en la zona de los hombros y los pectorales. Ya tenemos el ideal de silueta masculina bien mascado y presente.

Durante la gran parte de la Edad Media, convertirse en caballero era algo a lo que aspirar, y empiezan a gozar de un estatus especial en los espacios de socialización. Y aunque la estabilidad socioeconómica y política hizo que los hombres ricos y burgueses pudiesen vivir de las rentas en paz y, por tanto, vestir de otra manera más ostentosa, la idea de que el cuerpo masculino tiene que ser (muy) ancho por arriba y estrecho y visible por abajo, queda prácticamente intacta. Tanto, que si bien el hombre enseña las piernas desde aquel momento histórico, la mujer no 'mostró' sus extremidades inferiores hasta el siglo XX, tal y como especifica Diana Fernández, diseñadora, investigadora y docente en el campo del vestuario histórico y escénico: "Aún dentro de la unidad existente en las formas del traje de ambos sexos durante las civilizaciones de la antigüedad, siempre existió una norma inalterable: mientras que el hombre podía mostrar sus piernas, bajo túnicas, pampanillas o mantos, la mujer debía mantener ocultas sus extremidades inferiores… Esta diferencia se mantuvo hasta que en 1920 la mujer por primera vez muestra las piernas… y en menos de tres décadas, se generaliza el uso del pantalón, prenda esencialmente masculina".

<i>El enlace de Renaud de Mantauban y Clarisse</i>, de Loyset Liedet (Flandes, 1460-1478).
<i>El enlace de Renaud de Mantauban y Clarisse</i>, de Loyset Liedet (Flandes, 1460-1478).

¿Qué se consigue con esto? Fomentar la idea de que la silueta masculina ideal es la del triángulo invertido mientras que la de la mujer… Bueno, la de la mujer está sujeta a mil y una modas y caprichos, pero tuvo en destacar la zona de las caderas una de sus grandes obsesiones históricas. Para muestra, los miriñaques, crinolinas y tontillos que ahora se han convertido en una de las (micro)tendencias del verano en materia de vestidos.

Maria Antonieta, reina de Francia (Élisabeth Louise Vigée Le Brun, 1778)
Maria Antonieta, reina de Francia (Élisabeth Louise Vigée Le Brun, 1778)

Por si todavía hacía falta una mayor confirmación visual, llega la Revolución Francesa, y con ella, la Gran Renuncia masculina. Es entonces cuando los hombres rechazan de manera directa lo ostentoso de la vestimenta de la corte (especialmente, la francesa), y cuando los revolucionarios franceses tomaron el traje del campesinado como referente. Consistía en, como indica Fernández, "pantalón largo y ancho de lana gruesa, camisa, chaqueta corta llamada carmañola, gorro rojo y zuecos". Así nacieron los "descamisados o sans-culottes”, un look de origen puramente político y que, sin embargo, trascendió en su significación social al ser lo opuesto al régimen que se empezó a designar como "antiguo".

Chenard, cantante <i>sans-culotte</i>, por Louis Leopold Boilly (1792).
Chenard, cantante <i>sans-culotte</i>, por Louis Leopold Boilly (1792).

Funcionó tan bien que ni siquiera la corte imperial de Bonaparte pudo hacer volver el traje cortesano como ropa de diario, y poco a poco (entre 1789 y 1815) se pudo ver cómo convivieron el traje burgués sencillo contra el elegante de corte "a la francesa". Y entonces, llegaron los británicos: su pensamiento puramente burgués se trasladó al resto de Europa, asociando la austeridad a la elegancia y al "buen vestir ciudadano". Unido al estilo puritano del siglo XVII y al estilo inglés del XVIII (hola, Brummel), dieron lugar al abrazo el traje burgués que conoces hoy en día; un traje que casi no ha cambiado en los últimos siglos y que sigue vigente a día de hoy. 

<i>Le Cercle de la rue Royale</i>, James Tissot, 1868.
<i>Le Cercle de la rue Royale</i>, James Tissot, 1868.

Pero ojo, porque si estamos hablando de hombreras asociadas al poder, no podemos dejar de mencionar que entre 1840 y 1845 aparece el chaqué, que estaba considerado un conjunto informal hasta que su uso se generaliza en al siguiente década; y de la americana, que estaba pensada para paseos por el campo por su informalidad, porque no se ajustaba demasiado a la cintura. ¿Y qué pasó? Pues que siguió ganando espacio en el guardarropa al mismo ritmo que los hombres seguían ocupando los lugares públicos... y de poder.

El conde de Montesquiou,&nbsp;Giovanni Boldini,&nbsp;Italia, 1897
El conde de Montesquiou,&nbsp;Giovanni Boldini,&nbsp;Italia, 1897

"Hay algo en las proporciones sobredimensionadas de la vestimenta actual que conecta con las conversaciones sobre ocupar y reclamar tu espacio y el poder sobre tu propio cuerpo", contó a Vogue España Emma McClendon, profesora asistente en Estudios de Moda de la Universidad de St. Johns en Nueva York. Patrycia Centeno, analista y asesora de estrategia estética política/corporativa y liderazgo femenino, ha señalado en distintas ocasiones que "estamos acostumbrados a reconocer el poder de esa manera"; una que pasa por esas proporciones amplias, por looks monocolor y por tacones altos. Una serie de coordenadas que terminaron de asentarse durante los años 80.

En esa conocida y muy revisitada década (también en los momentos de posguerra del siglo XX y en los 70) se produjo una incorporación masiva de la población femenina al trabajo. Y, ninguna sorpresa, para que aquello llegase a buen puerto, adoptaron el dicho de toda la vida de "donde fueres, haz lo que vieres". Vamos, que para ser tomadas en serio, tuvieron que adoptar los símbolos de poder masculinos. Algo a lo que ya empezaron a acostumbrarse en los 60 y 70, cuando Yves Saint Laurent popularizó el smoking femenino

Esos símbolos son los que se venían gestando desde años (y siglos) atrás; los mismos que marcas como Calvin Klein o Ralph Lauren se encargaron de sublimar. También Armani, cuyos trajes "se convirtieron en un símbolo del reconocimiento social en los años 80", afirma Bronwyn Cosgrave en Historia de la moda. Desde Egipto hasta nuestros días. La estética se definía, como señala Fernández, por "hombros supermarcados, chaquetas de perfecto corte y grandes hombreras".

"La inseguridad del burgués, heredada de una etapa en que no poseía ni títulos ni nobleza de sangre para demostrar su poder, se trasmite en un código vestimentario cerrado, inalterable, dejándose castrar una parte fundamental de su esencia: la posibilidad de expresarse a través de su imagen", concluye Fernández. Un uniforme que era la norma en las empresas, donde, como sucediese en algunas universidades años atrás, no se podía entrar sin estar vestido con "cuellos". Tampoco las mujeres

Ya habíamos experimentado esto anteriormente, cuando durante las guerras del siglo XX, las mujeres salieron de casa a trabajar y a realizar algunos servicios militares: también llevamos uniforme. Uno que eran muy similares a los de los hombres, porque eran los conocidos: chaquetas con bolsillos de plastrón, camisas con corbatas y, en este caso, falda con cierta amplitud en el bajo. Y, por supuesto, nada de adornos. Austeridad que, inevitablemente, fue calando en la psique colectiva, asociándose a la autoridad y al poder. Los modos de ellos, de nuevo, en nosotras; también porque, argumenta Cosgrave, "algunas mujeres con poco dinero para poder comprar ropa, comenzaron a utilizar la de sus maridos, que estaban fuera, luchando en el frente". Cuando llegó la paz, los estilos siguieron evolucionando, y pudimos divertirnos más que ellos con nuestra ropa, pero la premisa ya estaba implantada en todas las cabezas modernas.

¿Qué podemos hacer, entonces, con esto? Lo primero, entender que no deberíamos tener que renunciar a lo que nos han dicho que es femenino a la hora de ocupar los espacios. Pero los contextos son complejos y los prejuicios, muchos, así que ¿por qué no apostar por sastrería renovada y hecha por mujeres, como la de Bleis Madrid o Leneim? Ellas, junto con otras creadoras, están encargándose de renovar los tres piezas que nos impusieron para hacerlos nuestros, para adaptarlos a nuestros cuerpos y convertirlos en un lienzo para la fantasía; en un alegato que nos aleje del uniforme burgués y gris y nos acerque a una forma de vestir y liderar más amable, rica y satisfactoria.